
El año ha comenzado con un par de historias: una arrastrada desde hace tiempo, nacida en una fiesta de febrero; otra que surge de los pixels de una página de contactos, en enero de este año.
La vieja historia, con todos sus misterios, tensiones y emociones varias ha llegado a su fin. Después de aquella movida de la discoteca, cuando se fue con aquel chico delante de mis narices, yo escribí en el blog aquel intento de huida con rectificación posterior. Como un amigo me ha dicho, por mucho que me joda, lo hice con la intención de que él lo leyera, y por fin se enterara de todo, ya que yo no era capaz de sincerarme a la cara. El caso es que él nunca lo leyó (el pelirrojo es así de despistado, jeje; es una de las razones por las que me gusta), tuve que ser yo, en una conversación por el messenger, donde todo se torció desde el principio (él la comenzó preguntándome si podía venir a mi cumple con el chico que había conocido), el que le dijera que le echara un vistazo a este blog, y que aquí encontraría el por qué de mi tono distante. Como ese amigo también me dijo (qué listo es cuando quiere), debo reconocer que en el fondo, esperaba una determinada reacción cuando lo leyera: una reacción positiva. Esperaba...que de repente él también me quisiese, supongo. Pero no fue así. Se quedó sin palabras, sin saber qué decir...no tenía ni idea de todo aquello que yo sentía desde hacía ya un año. Yo lo entendí perfectamente, era un no y un perdona. Acepté las disculpas, y quedamos en que hablaríamos otro día, en persona, no por el messenger. Ese día nunca llegó, a pesar de que nos encontramos un par de veces ese mismo fin de semana (una de ellas en mi propio cumpleaños). Hace dos días (o uno, no me acuerdo) le volví a ver conectado, y le dije que teníamos esa conversación pendiente. Los dos estábamos de acuerdo en que en realidad no había mucho de qué hablar, y que era difícil establecer un diálogo estructurado sobre algo tan etéreo. Además, el resumen era claro: a mí me gustas y yo a ti no. Es reduccionista e injusto, ya lo sé, pero abreviando es algo así, y es algo sobre lo que es difícil mantener un diálogo demasiado extenso. Sólo había algo que yo quería saber: ¿le había gustado alguna vez, o siempre había sido una imaginación mía? Me explicó cómo en un principio se sintió atraído hacia mí, por varios aspectos, pero nunca me lo hizo ver, sabiendo que muchas veces ese interés se desvanecía y esperó a ver si por una vez se mantenía. No fue así, y todo se enfrió. Decidió que, no estando seguro de nada, prefería tenerme como amigo.
Durante todo ese tiempo...él con las ideas tan claras y yo montándome una peli del quince. Jeje. Soy lo peor, no tengo remedio.
Cuántas miradas, gestos y sonrisas malinterpretadas...he hecho un verdadero esfuerzo imaginativo, del que pocos fantasiosos son capaces. Pero bueno, dentro de lo que cabe ha sido emocionante, supongo, y le dio un punto añadido de interés al 2005.
Ahora está todo más o menos claro, y a partir de ahí debemos ir construyendo.
Luego está Manu, ese chico de 30 años que he conocido por una página de contactos.
Consultor, sin tiempo para nada, siempre de acá para allá y currando hasta las once o las doce de la noche todos los días. En su perfil dejaba claro que no quería nada serio, sólo encuentros esporádicos de sexo y buen rollo. No quedan minutos en sus semanas para nada más.
La primera vez que quedé con él (ya lo conté), fui directamente a su casa y todo marchó de maravilla. Buen rollo y sexo fantástico, lo que prometía. Me tuve que ir a las tres de la mañana, ya que era domingo y al día siguiente había que ir a trabajar. Me dijo que le gustaría volver a verme.
El fin de semana siguiente no pudo ser, no encontramos ese pequeño hueco donde yo encajo.
El domingo pasado, finalmente, después de quedar en que me llamaba el viernes y no lo hiciera, que me mosqueara, que le llamara el sábado, que me lo cogiera y me pidiera perdón por no tener la cabeza en su sitio, quedamos. De nuevo, fui a su casa, donde otra vez me esperaba con su sonrisa, sus velas (sí, sí, velas) y la copa de ron con coca-cola. Hizo palomitas y estuvimos charlando un buen rato. Después, la vorágine habitual de besos, caricias y sexo. Desaceleramos, para no precipitarlo todo, que era pronto, y volvimos a hablar. Nos reimos, y creamos una pequeña intimidad, algo bastante difícil dentro de esta dinámica de pequeños encuentros aislados. Acabamos lo que empezamos. La ostia.
Después, él siempre se relaja, y se deja hacer cosquillas por todo el cuerpo, y me da besos, y me acaricia, y se duerme abrazado a mí, o yo a él, y me habla de que está atrapado en un trabajo que no le deja tiempo para nada, que le encanta la fotografía, que le gustaría hacer un curso, le recomiendo en par de sitios, me pide que le mande los relatos que he escrito...y es genial.
Sobre las tres hice amago de irme a mi casa, y me pidió que me quedara a dormir.
Todo marcha, o eso parece.
Pero luego llega la semana y no se nada de él en cuatro días, y termino por mandarle un mensaje, que no contesta o lo hace tarde. Entonces, termino llamando (como pasará hoy o mañana) y a veces lo coge y otras no. Unas quiere quedar, y es como siempre, genial, pero otras no tiene tiempo o no puede.
Soy yo el que tira del carro, está claro. Supongo que debería esperar esta vez a que fuese él quien llamara, para ver un poco de interés por su parte, pero también intuyo, porque me conozco, que seré yo el que llame de nuevo. De esta manera nunca sé si se ve forzado a verme o hay un verdadero interés, aunque sea esporádico. Desde luego, cuando estoy con él, se le ve encantado.
No sé.
On verra.Gon ha acabado hoy los exámenes.
Fiesta!!
Voy a pensar sólo en esto por el momento.
PD: La foto es de un cuadro de Mark Rothko. El otro día me compré un libro sobre su obra. Esta es una de sus pinturas clásicas, de las más oscuras, cuando el negro lo invadió todo. Él siempre odió a los críticos de arte, porque no dejaban al espectador vivir libremente sus cuadros. Decía que tenían que ser expresiones de sentimientos abstractos, como la música, y producir en cada persona una conmoción diferente. A mí este me transmite inquietud: la tristeza del negro, difuminado, como en una decepción tranquila, pero acompañado de ese azul un tanto esperanzador. Que nunca falte el azul.