El método Milton

Nunca sabes, nunca, lo que te puede deparar una noche cualquiera en Madrid.
El viernes por la mañana yo estaba resacoso (qué raro) de la juerga del jueves noche, y, de repente, me llama Isa y me dice que su padre tiene unas entradas para el Auditorio, y que si quiero ir con ella. Me apunto sin dudarlo.
El concierto estuvo genial (gitanos zíngaros virtuosos del violín, la guitarra y el cimbal).
Después, unas cañas con Gon cerca de Gran Vía, en Stop Madrid, y por último, como no, al Gris. Allí nos cocimos como cubas (dato este sobre el que después de tanto tiempo como mis lectores quizá no sería ya necesario reincidir, creo) y nos encontramos con Javi, Miguel y James. Isa se marchó enseguida, porque estaba muy cansada, y yo me quedé con la abubilla de Gon, que ya no paraba de gritar, meterse con la gente e ir de un lado a otro, como un loco.
Javi, Miguel, James, Gon y yo, decidimos que la mejor opción aquella noche era sin duda el Ocho y Medio. No sin antes vaciar nuestras copas aún mediadas en sendos vasos de plástico. Teníamos prisa, pero no tanta como para dejar de beber.
Yo entré con ellos al garito, mientras Gon bajaba un momento hasta Callao, donde había quedado con un amigo que le tenía que dar unos porros. Estaba lleno, como siempre, pero enseguida nos hicimos un hueco en la barra, como buenos borrachos que somos. Un rato después, Gon me mandaba un mensaje: No iba a entrar, la cola del cajero y la del Ocho eran ambas de dimensiones muy superiores de lo que su ánimo etílico era capaz de soportar. En ese momento, me quedaba solo, y aunque Javi es la mar de gracioso y me rio mucho con él, sin Gon nunca es lo mismo, por lo que en previsión de un posible aburrimiento me di a un juego que en raras ocasiones me había dado resultado, pero hacia el que la perniciosa influencia del ron me indujo sin remedio: las miraditas.
Enseguida elegí mi objetivo. Estaba clarísimo, era el tío más macizo y morboso de toda la discoteca, con sus gruesas patillas, sus gafas de pasta, sus tirantes y sus pantalones de patinero que le hacían un culo...sin palabras. Empecé a mirarle sin pudor alguno, y cuando me vio, mantuve la mirada, con dos cojones. No sé qué me pasaba, el espiritu de un fauno me había poseido, o algo por el estilo. El caso es que dejo de mirarle para ponerme a hablar con Javi, y cuando retomo la cuestión, le cazo a él con los ojos clavados en mi. Punto para el pelirrojo borracho!!!!! En ese momento se producen unos vaivenes de Javi y estos, el buenorro va al baño, yo me quedo en la barra, el buenorro vuelve y se pone más cerca...yo me aproximo...y estos reaparecen, se me ponen delante a hablar, y el chico desaparece camino de la pista de baile.
Mierda.
Lo asumo con deportividad y me pongo a hablar con ellos. Al cabo de un rato Miguel y James dicen que se piran y me quedo con Javi, al que rápidamente convenzo para ir a buscar a mi chico de las miraditas. Enseguida le encontramos en las escaleras previas a la pista, y ni cortos ni perezosos nos plantamos al ladito suyo. Le está pidiendo el móvil una chica y en ese momento pienso que lo mismo me he colado y el tipo es hetero. Pero no, cinco segundos después me está golpeando en el hombro, pidiéndome fuego. Javi se pira y me dice que me ponga a hablar con él inmediatamente, cosa que hago, aunque no recuerdo el modo ni las palabras exactas. El caso es que al cabo de cinco minutos estamos envueltos en una conversación de lo más interesante sobre arte.
Él se pide otra cerveza, yo otra copa...las luces se encienden...y yo pongo las cartas sobre la mesa (soy un borracho de lo peor, lo sé): le digo que yo me he acercado a él porque me parece muy guapo y le he visto solo, y le pregunto que si le intereso, porque si no, no hay problema, yo busco a Javi, y todos tan contentos. Entonces me dice que sí que le gusto, con lo cual yo me quedo más ancho que largo y seguimos hablando (sin enrollarnos ni nada) hasta que nos echan. Cogemos nuestras cosas y nos piramos andando hasta su casa, en Puerta de Toledo, charlando de todo un poco durante todo el camino. Yo estaba encantado, no me cansaba de oírle hablar sobre esto y lo otro. Después...bueno, estuvo muy bien, la verdad.
A la mañana siguiente, después de un buen polvo mañanero, seguimos conversando, sin parar, hasta la una y media, hora en la que tenía que marcharme (siempre me pasa lo mismo) a Majadahonda, porque era el cumpleaños de mi hermano Adrián.
Me despedí de él con un beso y entonces tomé una decisión de la que ahora por supuesto me arrepiento, pero que fue y es la más correcta teniendo en cuenta el carácter del chico en cuestión y la promiscuidad que en su vida me hizo intuir: no le pedí el móvil. Pensé que lo mejor sería volvérmelo a encontrar en algún garito, ya sea el Ocho o el Mondo y ver qué pasa, y si volviese a suceder, entonces intentar una aproximación.
Ahora, como decía, me arrepiento, y pienso que seguro que no le vuelvo a ver, pero también sé que con su móvil en mi poder habría tardado día y medio en volverle loco y que pasara de mi.
Gracias a Dios, ya me conozco.
Para bien y para mal.




